Iba absorta en mis ideas disparatadas -cómo siempre- cuando escuché mi nombre. Mi mirada se volteó hacia donde había escuchado aquella voz que me resultaba familiar. Allí estaba, en la acera de enfrente. Apenas le reconocí. Cruzó y en un dos por tres lo tenía frente a mi. -¿Eres...? -Sí. Más flaco, más calvo y más viejo. Tú, en cambio, estás igualita. Sonreí. -¿Y que tal todo? ¿Y la familia? -Todo y todos bien, como siempre. -¡Qué bueno, cuánto me alegro! -Yo me alegro de verte a ti, verte tan bien. Suena mi celular. Feliz por aquella acertada coincidencia, contesto. Cuelgo y me apresuro a despedirme usando como excusa la feliz coincidencia de la llamada. -¿Te puedo llamar y así nos ponemos al día? ¿Me das tu número? -Eehhh, mejor no. Y seguí calle abajo sin voltear a ver. Vuelven mis ideas disparatadas que me preguntan: "¿Cómo es que alguna vez pensaste que no podrías vivir sin él?" Ellas mismas contestan: "sólo la locura podría explicarlo". A...
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